LUCES Y ESTRELLITAS
Esa noche permanecí inmóvil en la celda oscura y húmeda; sentí ese calor sofocante del verano que se asomaba, casi violento.
Tenía la casi certeza del sitio en el que me encontraba, pero no había ni una mísera ranura por donde se filtrara algún resplandor que me permitiera saber si era de noche o de día.
Me habían torturado hasta el hartazgo sin importarles siquiera mi pesado vientre que se abría en flor hacia el noveno mes. Todavía no venían las contracciones y había perdido la noción del tiempo transcurrido aunque intuía que no faltaba demasiado. En el tiempo que siguió sentí sus latidos y algún leve movimiento. Entonces soñé a ese bebé eterno y rebelde... y temí por su vida.
Un día, de repente oí unos pasos de borceguíes que se acercaban. Comencé a transpirar. Después de todo lo que había padecido, el cuerpo solo parecía reaccionar, antes de que la mente captara la amenaza.
Sentí mi cuerpo inmerso en un río de sudor y las contracciones comenzaron. Me oriné encima, sí, eso lo recuerdo con claridad, porque pensé en ese momento, que había perdido el último control.
Después de eso el tiempo se detuvo y el silencio invadió la celda inmunda. Ni siquiera oí cuando se abrió la puerta. Sentí el peso de su cuerpo hediondo que se arrojaba sobre el mío, en un tiempo interminable, quizás eterno... Me arrancó las ropas, era él otra vez, babeándome el cuello y el pecho como un perro, abriendo mis piernas, penetrándome. Un chorro caliente e inmundo estalló en mis profundidades.
Todo terminó y en la penumbra __había quedado sin cerrar la puerta de la celda__ pude ver su rostro y la jineta dorada refulgente de mi carcelero, esa bestia sucia y maloliente.
Pedí a Dios que me llevara... quería morir en ese mismo instante. Caí en un profundo sueño, pero mi hijo en el vientre me mantuvo viva.
Supe después que corría el frío mes de mayo de 1978 cuando empecé a pujar.
En un segundo eterno se sucedieron, a manera de flashes, imágenes de mi pasado. El ejército derribando la puerta de mi casa en San Telmo... Rodolfo, abatido bajo los golpes que le propinaron antes de llevárselo...
Cuando me di cuenta de que había perdido las aguas comencé a gritar... ¡pidiendo ayuda nada menos que a ellos!
Se abrió la puerta y entraron tres milicos con una linterna que colgaron en la pared. Me levantaron de los brazos y de las piernas y me depositaron sobre el mismo elástico oxidado en el que tantas veces me habían picaneado.
Uno le gritó a los otros.
__ ¡Sostenele la cabeza, carajo! Ya está asomando. Y vos, zurda de mierda, hacé fuerza.
Casi enseguida mi pulso de normalizó y cuando levanté la mirada vi una hermosa beba que lloraba con fuerza.
__ ¡Es mi hija! ¡Dios! Mi hijita querida...__ lloré y lloré...
Ellos desaparecieron llevándose a mi beba.
Me enrosqué sobre mí misma, me puse de costado, pensé que pronto la traerían. Tenía frío, un inmenso frío que no se me fue más. Pensé en Rodolfo, el amor de mi vida, el padre de la nena, y dije para mis adentros: a los dos se los llevaron.
Los días que siguieron pregunté por ella cada vez que abrían la puerta. Pero no me contestaban. Pensé que la traerían cuando llorara de hambre. No la trajeron.
No sé cuánto tiempo pasó. Al no poder tenerla en los brazos, comencé a soñarla para no perderla del todo.
Todavía la sueño. Y lloro como lloraré durante el resto de mis días. Imagino que alguna vez podré encontrarla. Calculo que tendrá veinte años y que seré capaz de reconocerla por su mirada de lucecitas rebeldes, como la de su padre.
***
Crecer pensando en la justicia del odio y la venganza constituye la eterna parábola de los argentinos.
Yo, que creo en la justicia de todos... en la igualdad ante la ley, no comprendo esa miserable metafísica de la revancha, del ojo por ojo. Será porque pasé mi adolescencia entre los odios de una izquierda violenta y asesina, y un Estado represor que olvidó los principios fundamentales del derecho individual. Viví en medio de la permanente discriminación de las ideas, y si a eso se le suma el hecho de ser mujer, no queda espacio que no sea discriminado. Hay en los enfermos de impotencia una necesidad de crecer en detrimento de la mujer, y a expensas de su sufrimiento.
Tengo apenas cuarenta años. Abogada por convicción, mejor diría, por la urgente necesidad de contar con elementos para explicarme determinadas conductas sociales. Aprendí de memoria la Ley de la Asamblea General de la O.N.U. que se refiere a la tortura u otros tratos o penas crueles inhumanas o degradantes.
Aún busco aquellas lucecitas en la mirada de niñas adolescentes. Quizás lo que contribuye a mantenerme viva es la esperanza casi mágica, de encontrar una adolescente en una esquina cualquiera, que me oville en un abrazo que no he dejado de esperar.
***
"El, la bestia, le rasgó el vestido azul y después de un golpe seco, la derribó. Cuando supo que la muchacha, ya agotada y sin fuerzas no opondría resistencia, cortó sus prendas con un cuchillo y la penetró con rudeza..."
En relación al testimonio de Andra C, raptada, torturada y violada en cautiverio en la ESMA en 1978. Diario La Nación, 1990.-
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